Todo queda en su lugar con el tiempo
Por: Dra. Laura Angélica Bárcenas Pozos
Las semanas pasadas un matrimonio
amigo desde mis años de preparatoria, acompañados de sus dos hijos. Ellos viven
ahora en otra ciudad, pero vinieron a visitarnos pues sus familias siguen en nuestra ciudad natal. En nuestro primer encuentro al inicio de la semana, estuvimos
platicando de nuestros muchos recuerdos como estudiantes de nuestra escuela secundaria.
Después de reírnos un buen rato
detrás de cada anécdota de nosotros o de amigos cercanos que no estaban
presentes, les fuimos narrando a nuestros hijos cómo era nuestra relación de
amistad y las mil peripecias que enfrentábamos en nuestros años de
adolescencia. Después de un rato, nuestra conversación se centró en cuando
tuvimos una dificultad con la madrastra de Humberto, cuando él se enamoró de
una muchacha que a la señora no le parecía la más adecuada para su hijastro.
En ese momento con casi dieciocho
años de edad sentíamos que todos teníamos derecho de vivir el amor como
considerábamos que era mejor y con la persona que considerábamos que era la
mejor. Así que para que Humberto viviera su historia de amor, todos los amigos
nos organizamos para sacarlos de su casa tanto a él como a la novia y para
engañar a Doña Catalina y por su puesto al padre de mi amigo.
Unos meses después, Doña Catalina
y Don Humberto, nos demostraron que la resistencia que habían tenido a la
relación que Humberto sostenía, se debía, a que ellos no confiaban en la chica,
pues ella parecía no ser suficientemente madura y mantenía relaciones con
diferentes muchachos a pesar de ser ella muy joven. Una tarde, mi amigo
descubrió que ella tenía otra relación y cuando él le reclamó ella dijo que
estaba cansada de tantos conflictos con
la madrastra.
Mi amigo le rogó mucho a su novia
para que ellos volvieran, estaba dispuesto a perdonarla, pero ella no quiso.
Todos los que estábamos involucrados en mayor o menor grado, en este juego que
considerábamos “injusto”, también nos sentíamos decepcionados, ¿dónde habían
quedado los ideales de amor, por lo que habíamos luchado? Un día me armé de
valor y fui a verla para pedirle que volviera con Humberto en nombre de este
amor, la única respuesta que recibí, es que ella no estaba dispuesta a sufrir y
que ahora estaba con alguien que la trataba bien.
Me fui triste y dándome cuenta
que a las personas no nos gusta sufrir y que creemos que el amor en miel sobre
hojuelas. Fue entonces que empecé a entender qué significaba esto de amar. Aunque
ninguno de mis amigos tenía cara para ver a Doña Catalina, ni a Don Humberto,
ellos como adultos más experimentados habían visto venir lo que nosotros no
habíamos sido capaces.
Hace cuatro años, cuando se casó
la hermana menor de Humberto y varios de nosotros fuimos invitados a la boda,
tuvimos al fin nuestro encuentro con estos dos adultos ya ahora ancianos y
nosotros con la edad de ellos cuando todos estos sucesos se dieron. Hablamos
con cierta libertad de lo que había sucedido entonces, Doña Catalina nos dio
sus razones, entre las que se encontraba que ella sentía la responsabilidad de
educar a tres muchachos, todos varones, que la veían como una intrusa en su
casa, pero ella sabía que la disciplina era de suma importancia para que estos
jovencitos llegaran a ser felices.
También agregó que conocía a la
ex novia de mi amigo porque era su vecina y su primer encuentro con ella había
sido en una tarde de abril en el que la chica debía haber tenido catorce años,
en brazos de un muchacho de casi veinte, que la dejó más tarde y ella entonces
se refugió en los brazos del primo de aquél muchacho.
Escuchamos esos argumentos y nos
quedaron claras sus razones, además Humberto aceptó que tanto su madrastra como
su padre habían hablado con él, en varias ocasiones, para que decidiera lo que
más le beneficiaba. Pensé entonces, y ahora también cuando recordamos este
suceso, que el tiempo acomoda todas las cosas y que lo que vimos un día, como
injusto, imposible, inaceptable, cobra un sentido distinto. El tiempo, la edad,
la madurez, la experiencia o todo esto junto nos da elementos para valorar las
situaciones en su justa dimensión. Sin embargo esto es algo que la vida te va
dando y que no se puede transmitir de manera tan simple a los hijos, por eso la
importancia de hablar, de reflexionar, de educar, de darles responsabilidades,
de poner límites, de establecer una disciplina, de fomentar el respeto, de
escucharlos, de acompañarlos… De responsabilizarnos como padres ante nuestro
jóvenes hijos y mostrarles un sendero que les brinde posibilidades de hallar el
amor y la felicidad.
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